Administración pública,  Comunicación institucional

La retórica, el arte del buen decir

Los grandes oradores están de capa caída. La necesidad de inmediatez, la impaciencia e incluso la falta de horas de sueño, se imponen cuando alguien sube al púlpito para soltar un discurso de más de … diez minutos? Ya solo de verle subir, cargado de papeles, nos invade la pereza y el desánimo.

Las razones de dicha desazón son múltiples:

  • La sociedad actual, vertiginosa, impaciente, que escucha poco y corre mucho, no tiene tiempo para prestar atención. Mucho mindfulness y técnicas de respiración que quedan en un intento poco voluntarioso de aplicar la atención plena, a no ser que sea ante una storie o el video trending topic del momento. Eso sí, de no más de 60 segundos. ¿O me vais a decir que cuando os envían un vídeo de whatsapp no lo elimináis directamente si veis que dura más de un minuto?
  • La larga lista de promesas incumplidas. Donde dije digo … Aunque es cierto que la sociedad carece de memoria, hemerotecas y videotecas son muy traidoras. Lo guardan todo y son el testigo necesario para sacar los colores (o no) a más de uno y una. Listas interminables de promesas políticas se acumulan en los archivos de comunicación institucional. Por no hablar de los programas electorales y las frases grandilocuentes soltadas al final de muchos mítines con verbos de acción y adverbios de todo tipo excepto los de duda. El descrédito juega en contra de estos nuevos (y no tan nuevos) oradores.
  • Ver que ni los suyos les escuchan. La mujer del César … Pues eso. Ni se simula el acto de escuchar, en muchas ocasiones. Yo no sé si en la antigua Grecia, los miembros del senado estaban medio tumbados en sus bancadas mientras algún colega hacia uso de la retórica filosófica. La imagen actual de Congreso y parlamentos autonómicos medio vacíos (y perdonad, pero no es solo por el coronavirus), con los diputados presentes atentos a móviles o tabletas de última generación o bien reclinados en una posición favorecedora de la digestión, pero no de la escucha activa, no facilita la conexión con aquellos a los que van dirigidos los discursos (¿o es que no los dirigen a sus conciudadanos?).
  • La inmediatez de las redes sociales, donde gana quien dice más cosas en el vídeo más corto. A ver, si dicen que los 5 primeros segundos son los que te enganchan, ¿cómo nos va a enganchar la larga lista de saludos y saludados que preceden cualquier discurso político e institucional? Cuenten, cuenten los segundos que tardan en saludar …
  • Siempre los mismos temas, dando vueltas y más vueltas. Es una retórica cíclica y pesada. Como un molino de piedra tirado por mulas tozudas, que no tienen ni idea (ni les importa tenerla) de cuan molido está ya el grano.  

Los tres géneros de la retórica clásica

Según la tradición retórica clásica, los géneros del discurso podrían resumirse en tres:

Género judicial: con finalidad ética, centrado en defensa o acusación de algo o alguien. Casi siempre en pasado.

Género deliberativo: centrado en el consejo del orador sobre lo que es útil o es dañino. Casi siempre en futuro.

Género epidíctico: trata el elogio ante el público. Su argumentación es la amplificación. Permite el lucimiento del orador, que puede utilizar la información persuasiva, emocional y metafórica. Hace uso del presente.

Los tres géneros están relacionados. El epidíctico es el más usado por la publicidad, la mayor de las artes persuasivas (aunque en clara competición con el discurso político). La estrategia de la influencia publicitaria no busca tanto la compra inmediata, como podría pensarse, sino que busca más el sentimiento de pertenencia al mundo mejor que se obtiene con su producto o servicio. Y eso es lo que debería buscar el discurso político y no tanto el lucimiento propio, el derribo del contrario o las promesas imposibles de cumplir.

En publicidad, argumentación y retórica se unen para elaborar un discurso persuasivo y emocional. La buena publicidad puede enseñar mucha técnica al discurso político.

El discurso político debe repensarse si se quiere lograr la escucha activa de la población. Y no digo que deban ponerse a grabar stories o videos de tik tok (¿o sí?) Pero entre lo uno y lo otro hay un amplio espectro de posibilidades para acercarse a la realidad de su público, que es la ciudadanía.

Y sino, ¿por qué sí hay una retórica que se escucha con orejas, corazón y con una sonrisa permanente en los labios? Quizás no sea necesario el político monologuista a lo Dani Rovira, Leo Harlem, Eva Hache o Andreu Buenafuente, pero hablar de lo que a la gente le interesa y ponerle un poco de sentido del humor, alegraría la retórica de muchas intervenciones públicas institucionales.  

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